La chispa de la vida, Madrid-Cartagena en quince minutos.

Nadie duda del carisma que posee el cineasta bilbaíno Álex de la Iglesia, pero a cada película que hace, muchos espectadores empezamos a dudar de si el talento que demostró en genialidades como El día de la bestia o La comunidad se está apagando.

La acción de La chispa de la vida se centra en Roberto Gómez, un publicista en paro y acosado por las deudas cuyo mayor logro fue inventar, años atrás, el famoso eslogan de Coca-Cola, La chispa de la vida.

Después de arrastrarse ante sus antiguos amigos y compañeros de profesión para que le diesen un trabajo, decide volver a Cartagena, al hotel donde pasó la luna de miel con su mujer, Luisa. Pero el hotel ya no existe, y en su lugar se encuentra el museo construido al lado de un teatro romano en perfecto estado de conservación y recién descubierto, cuya inauguración, casualmente, se celebra en ese mismo instante. Mientras pasea de manera imprudente por las ruinas, Roberto sufre un contratiempo importante. Tras empujar accidentalmente con su cuerpo (el de José Mota, pequeño y enclenque), una estatua romana de más de dos metros de altura enganchada no sabemos del todo porqué a una grúa, Roberto cae de una altura considerable, y se clava una barra de hierro en la cabeza que le impide moverse. De ser así, moriría.

Si hasta este punto la película era un despropósito narrativo, a partir de ahora irá todavía a peor. Todo en La chispa de la vida es forzado, exagerado. Se ha relacionado esta película con la mordaz El gran carnaval, de Billy Wilder, otra crítica a los medios de comunicación. Pero lo que allí era maestría, aquí es mediocridad. Empezando por el protagonista, un José Mota al que el cine le queda grande. Para muestra, el largo prólogo que comparte junto con la mexicana Salma Hayek, quien interpreta a su mujer y cuya química entre ambos es poco menos que nula. Sin parecerme ésta una grandísima actriz, al lado de Mota recuerda a Katherine Hepburn. Y lo mismo se puede decir del resto del reparto. Álex de la Iglesia ha primado la fama televisiva de los actores que conforman su elenco a las tablas interpretativas que demanda un guión como este, escrito por Randy Feldman.

De la Iglesia nos presenta a una serie de personajes que intentan reforzar esta esperpéntica sátira a los medios de comunicación pero que de tan estereotipados y arquetípicos que son, no refuerzan esta crítica sino que acaban convirtiéndose en el mismo circo que critican. ¿Rostros televisivos para criticar la televisión? Y por no hablar de los desordenes temporales. Viendo La chispa de la vida llegué a dudar si realmente Cartagena tenía mar o si estaba en a quince minutos de Madrid. Los personajes se desplazan de una ciudad a otra con una facilidad pasmosa, en un abrir y cerrar de ojos. Tal vez en el extranjero pueda colar, pero para cualquier espectador ibérico hechos como este hacen que la credibilidad de la película quede todavía más aún en entredicho.

Como algo positivo a destacar lo original del punto de partida de la propuesta, a pesar de lo grotesco que resulta todo, que Álex de la Iglesia repunta tras la nefasta Balada triste de trompeta y que a pesar de todo, la película despierta en algunos momentos sonoras carcajadas. Porque aunque un chiste sea malo, también puede hacer reír.

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